De la enseñanza como arte de la argumentación

Escrito por Fernando Trujillo el día 07/06/2010 - 19:09

digital Enseñar no es una actividad transmisiva, no se envía "conocimiento" de un lado a otro de la clase. Más bien es una actividad argumentativa en la cual el docente busca persuadir y convencer a su alumnado para que establezcan vínculos, descubran, cooperen, imaginen o analicen distintos aspectos de la realidad. El discurso del docente en el aula es, básicamente, una argumentación.


 

Afirma Anna Cros (2003: 75) que el docente en la clase utiliza dos grandes estrategias discursivas: "las que tienen una orientación fundamentalmente explicativa, que suelen utilizarse para facilitar la adquisición, la elaboración y la comprensión de conocimientos; y las que tienen una orientación fundamentalmente argumentativa, que suelen encaminarse, por un lado, a actuar sobre los conocimientos y las actitudes de los alumnos, orientando la interpretación y el significado de lo que se enseña; y por otro lado, a generar o aumentar el interés y la implicación de los estudiantes hacia los contenidos y hacia la persona que los imparte."

Sin embargo, de estas dos grandes estrategias es la argumentación la que precede y predomina en la clase porque, según Anna Cros (2003: 53), "la argumentación en el discurso de los docentes está relacionada (...) con la intención de influir en los estudiantes (en sus conocimientos, en sus actitudes, en sus actuaciones) y de generar un clima - basado en la cooperación - que favorezca la buena disposición de los alumnos en clase y ante los profesores y las profesoras". Así pues, la argumentación es una clave fundamental para la motivación del alumnado y su actitud hacia el aprendizaje y los objetos de aprendizaje.

¿Qué consecuencias tiene la importancia de la argumentación en la clase? El libro clásico de la nueva Retórica del siglo XX, el Tratado de la Argumentación de Perelman y Olbrechts-Tyteca (1989) propone que "toda argumentación se desarrolla en función de un auditorio" (pg. 36) y que "para que se desarrolle una argumentación, es preciso, en efecto, que le presten alguna atención aquellos a quienes les está destinada" (pg. 53). Es decir, si la actividad discursiva fundamental de un docente es la argumentación, la atención en la construcción del discurso debe estar focalizada en el auditorio - el alumnado - y se deben utilizar todos "aquellos recursos lingüísticos y no lingüísticos [que permitan] incrementar la efectividad de la comunicación" (Cros, 2003: 24).

Y desde esta lógica argumentativa la clave es pensar quiénes son hoy nuestros estudiantes. Todos formamos parte de una sociedad en la cual conviven, en términos de Alejandro Piscitelli, nativos, colonos, excluidos e inmigrantes digitales y en la cual cada individuo participa de una "dieta cognitiva" determinada; el dilema de la escuela es encontrar las estrategias argumentativas para una nueva clase cognitiva, nuestros estudiantes, que no lee el mundo en el papel, sino que lo contempla dentro de la pantalla.

En este contexto Joan Ferrés (2008: 33) - citado en el vídeo de Piscitelli - propone en su libro La educación como industria del deseo, que "en el ámbito de la educación, el problema no es, pues, tanto de tecnologías cuanto de estilo comunicativo": los educadores, como los publicistas, ganamos si conocemos a nuestro auditorio, si usamos las estrategias y los recursos que nos permitan persuadirlo y convencerlo, si lo motivamos para que participe en la red de información y conocimiento que es el aula, la escuela, la comunidad, la ciudad o Internet.

El uso de las TIC, desde esta perspectiva, cobra sentido si las utilizamos para potenciar el efecto argumentativo de nuestra presencia - corporal y lingüística - en la situación comunicativa que es el aula. No consiste  simplemente en utilizar una presentación de diapositivas, sino en medir su efectividad argumentativa como recurso tecnológico; no consiste en pedir que nuestros estudiantes entren en Internet a buscar información para responder ciertas preguntas, sino en valorar si la actividad que proponemos a nuestros estudiantes representa para ellos un valor que los mueva a la actuación - como ya comentamos en una entrada anterior sobre "motivación a través de la actividad".

Enseñar es, sobre todo, un movimiento y la argumentación es nuestra fuerza de arranque, la detonación que provoca que todo el juego de búsqueda, relaciones, reflexión y acción se ponga en funcionamiento.

Referencias

Cros, A. 2003. Convencer en clase. Argumentación y discurso docente. Barcelona: Ariel.

Ferrés i Prats, J. 2008. La educación como industria del deseo: un nuevo estilo comunicativo. Barcelona: Gedisa.

Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L. 1989. Tratado de la argumentación. La nueva retórica. Madrid: Gredos.